
"El alma descansa cuando echa sus lágrimas;
y el dolor se satisface con su llanto. "
Ovidio
Afuera de La Moneda, mucha gente se acumula alrededor de los candidatos. Candidatos para algo que no tengo idea, pero ahí están. Y ahí estoy yo con Guido, lo sostengo con la cadenita plateada y un arnés azul.
Yo también tengo un candidato favorito, debe de andar por entre medio de la gente. Hay un par de amigos presentes también. pero no recuerdo sus caras. ¡Ah, alguno de ellos podría pasear un ratito a Guido! O quizás, mi propio candidato, eso sería super bueno. Y qué sorpresa, el candidato que tengo en mente para cederle mi voto aparece de entre la gente acompañado de mis amigos, y se acerca amable.
─Aquí está Guido─ le digo ─Paséelo un rato.
─Qué emoción ─pienso─ Mi candidato anda con el Guido. Converso un rato con amigos y el tiempo pasa rápido, ya es hora de ver en dónde anda mi perrito.
─Ahí está ─lo diviso cerca de una avenida, con el candidato paseándolo. Camino hacia ellos y el hombre toma a Guido al tiempo que hace para una micro.
─¡Hey! ¿Qué está haciendo? ─digo desesperado─ ¡Devuélvamelo! ─grito mientras veo como sube con mi perro a la micro que cierra la puerta y comienza a andar.
Corro al lado de la micro y alcanzo a colgarme de una ventana delantera y grito hacia adentro: ¡Guidoooo! !Guidoooo! !Déme a mi perro!. El candidato se hace el sordo y oculta a Guido debajo de sí mientras le murmulla algo al conductor. Maldito bastardo, era mi candidato, pero ahora lo odio.
─¡Guidooooo! ¡Guidooooo! ─grito con todas mis fuerzas aferrado a la ventana mientras la micro avanza. Siento como me corren las lágrimas por las mejillas. Es una mezcla de rabia, pena y desesperación. Nunca más veré a mi perro, otra vez. Otra vez no por favor. ─¡Guidooooo! !Guidooooo! ─Ya casi no siento mi garganta, no paro de gritar y el estúpido chofer no detiene la micro. Los demás pasajeros le dicen que pare, que mire cómo grito y cómo lloro, pero el candidato y el micrero están coludidos. No me devolverán a mi perrito.
La micro se desvía cuando digo que llamaré a carabineros, y se mete en un terreno baldío. Me suelto de la micro cuando se detiene, y corro hacia la tenencia para denunciarlos. Pero entro y no hay carabineros. Es un hospital veterinario, derruido, oscuro y tétrico, como un escenario de Freddy Kruger. Salgo a pillar a los malditos ladrones y veo que corren con mi perrito. No los alcanzo, desaparecen en la oscuridad circundante y dejan algo en el suelo.
─¿Guido? ¿Será que lo dejaron botadito? ─me acerco y tomo en brazos algo peludo, de color café y blanco, tal como Guido. Lo meto al hospital veterinario y lo miro con más atención. No es Guido, es una niña. Rubia, de pelo largo y rizado, es preciosa, tienen ojos claros y resplandecientes. La niña más linda que he visto... pero no es mi perro. Una enfermera y un médico se acercan y le hablan a la niña como si fuera un cachorro.
─Pobres locos, ¿sabrán que no es un perro? ─pienso mientras observo a la enfermera que le habla tan entusiasmada.
Y miro mis brazos, y no tengo a mi perro. Lo perdí para siempre. Me lo robaron. Pobrecito Guido, ¿dónde estarás? ¿qué te estarán haciendo?
Despierto, y siento las mejillas heladas. Lágrimas secas de seguro. Abro el ventanal que da hacia el patio y Guido entra revoltoso y juguetón.
Afortunadamente aún estás aquí conmigo. No te vayas nunca, cochinín. Eres lo más parecido a. Eres lo que la gente estúpida me permite tener. Eres máxima aspiración para mi. Eres un límite y debo cuidarte.
─¿Quiere una galletita? ─le pregunto cariñosamente, pero no hay respuesta además de su colita moviéndose de un lado a otro. Nunca habrá respuesta, ¿cierto? Desearía que fuese distinto, pero igual te quiero.